miércoles 11 de noviembre de 2009

Español 1, Getafe 1

Al principio era muy difícil. Poco después, con el 0-1, se convirtió en imposible. El fútbol es, sin embargo, el último reducto del mesianismo. Y el mesías, en la Copa, se denomina Gol. Al principio tres; muy difícil. Luego, cuatro; imposible. Pero no sería un deporte mesiánico sino se creyera hasta el minuto 89 que el milagro es factible. Con ese espejismo el Español ha jugado un partido vibrante, más emocional que práctico. Delante se ha encontrado el doble muro del Getafe: bien colocado en el campo, sólido, y con una súbita vocación por el teatro. Era su papel, su doble papel: no dejar jugar al equipo contrario para que no marcara y, para estar más seguros de ello, no dejar que se jugara al fútbol. Desgraciadamente el único animador de la compañía dramática getafense ha sido el árbitro. Estas cosas suelen ocurrir. Y, de hecho, es una pena que sucedan. Aunque el grado de la esperanza en el milagro era tan alta que ni siquiera la impericia del árbitro ha molestado en exceso para la creencia.

Para el partido Pochettino ha dispuesto un equipo de generales. Estaban todos: el triunvirato —Tamudo, De la Peña, Luis García—, el aclamado Iván Alonso, el fotogénico Nakamura, y de Moisés hacia abajo, la defensa más o menos titular —titubeantemente titular, sin claras jerarquías aún—. Es una jugada de gran inteligencia por parte del entrenador: si el resultado era el que ha sido, nadie le podrá decir que no ha dispuesto del equipo de gala. Los cambios, ya en la segunda parte, han estado acertados: ha devuelto al equipo su mejor configuración: pasado y presente combinados. El partido ha sido vibrante. Sólo ha habido un gol local. Un 25 por ciento de lo que se necesitaba. No es mucho, pero ha bastado para levantar el campo al menos una vez. Con un gol, el público se va con una imagen en la cabeza que justifique el camino de regreso a casa. Su melancolía. ¿Qué decir del equipo titular? Ningún reproche. Una mínima dosis de realidad devuelve lo que se sabía: De la Peña juega inusualmente atrás (en múltiples ocasiones por detrás de Moisés, casi como centrocampista defensivo), la inocencia de Luis García cada vez que encara la puerta adversaria crece a ojos vista y a Tamudo le faltan siempre dos milímetros para llegar en condiciones a los balones que falla. Los generales declinan. Verdú, Callejón, Ben Sahar son el relevo natural. Lo hacen casi todo bien. Les falta familiarizarse con el gol. Les está costando un poco más de lo normal. Hoy Callejón ha enviado un disparo espléndido, potente, colocado, que... no ha entrado. Por poco. Pero ese poco es el poso trágico que queda a quien sigue al equipo. Ese gol hubiera puesto al Español de nuevo en la senda perdida de aspirar a la remontada. Y hubiera, tal vez, convertido en baladí la gran actuación teatral del Getafe. Pero ese gol de Callejón sólo ha existido en el sueño: el mesianismo, desgraciadamente, sólo se cura con realidad. Esperemos que cuando vuelva el Getafe, en diez días, haya un poco de realidad más que echarse a los ojos. La progresión no es mala. Perdimos, empatamos... nos toca ganar (¡viva el mesianismo!).

domingo 1 de noviembre de 2009

Español 1, Valladolid 1

El gol es siempre el anhelo máximo de un equipo. Todas sus líneas, sus esfuerzos, su sabiduría futbolística, la personalidad de sus jugadores se conjugan para lograr un gol. Bien, ahí está el gol, a los pocos minutos del inicio de la segunda parte. Hasta ese minuto el Español era el equipo que había puesto más empeño en conseguirlo. Su argumento, de repente, había culminado con la catarsis esencial del gol. Todo un estadio coreando el nombre del delantero que, por fin, tras casi un año completo sin marcar, lo había bordado sobre la portería rival. Luis García: casi más ganas que el jugador tenían sus compañeros y las gradas unánimes de que volviera a marcar. Ahí estaba el gol. ¿Y ahora? Hacía mucho tiempo que no veía el campo una gestión tan torpe, zafia y disparatada de un gol. Guardándoselo como si un gol fuera un tesoro. Tesoro, sí, pero efímero. El ejemplo de la víspera, en territorio del Osasuna, como si no hubiera existido. Bien poca cosa es un gol cuando se convierte en un único flotador para que once jugadores no se hundan. Porque al Valladolid le ha faltado acierto, pero tanta insistencia frente a un equipo en estado de caos no podía dejarles sin fruto. Lo humillante es que haya sido en el último suspiro, fuera ya del tiempo reglamentado. Una frivolidad más del árbitro más frívolo de primera división.

El Valladolid traía un guión, el entrenador ha hecho dos o tres rayotes sobre el borrador que traían, y el equipo se ha puesto a lo suyo. El problema ha sido enteramente del Español, que se ha equivocado de papeles, y cuando ha empezado a leerlos no entendía nada, como si de repente en una comedia se colara la escena de una tragedia. O viceversa, quién sabe. El caso es que se ha instaurado el despropósito y el espíritu surrealista se ha apoderado de los jugadores: hasta Moisés regalaba pelotas a los centrocampistas contrarios como si fuera un repartidor de periódicos gratuitos. Cabría preguntarse ahora de quién ha sido el error en el guión del Español, que tan bien aprendido lo tenía y tan seriamente lo venía representando hasta el gol. ¿De quién? Habría que hablar de Pochettino, sí. Tantas veces ha acertado leyendo el partido, como hoy ha destrozado al equipo. Ha retirado al mejor jugador que tenía el partido, Marqués, por un Iván de la Peña que una vez más ha salido como voz solista en un idioma distinto al que jugaban sus colegas. Demasiado atrás, sin juego que repartir, sin defender, su figura errática se desplazaba por donde el balón no circulaba. Después se ha ido Verdú, y otra opción del centro del campo regalada al adversario. Finalmente, cuando más cuesta arriba estaba el partido, con la caída en tromba del Valladolid, ha retirado a un delantero que cubre espacios por un delantero evanescente, espléndido en el ataque del equipo al completo, pero inútil para tapar agujeros y evitar goteras. Se diría que Pochettino no estaba entendiendo el encuentro real. Sin que tal vez se percatase, el partido que ocurría en su cabeza se había desplazado unos metros del partido que ocurría sobre el césped (como el túnel de Adif bajo la Sagrada Familia, por cierto). Su deseo y la realidad habían perdido la línea paralela. No es cuestión de culpabilidad. No, el problema es otro. Pochettino, que tan atentamente lee y dirige los partidos últimamente, ¿por qué ha errado en este? ¿Puede ser por lo ocurrido el viernes? Tal vez: el caso es que los despropósitos del caso Tamudo parecen haber infectado, a modo de gripe A, también al técnico: la tristeza y el enfado que lució, hasta tres veces, en la rueda de prensa, ¿no puede desencadenar un estrés excesivo que impida racionalizar con la sutilidad exigida los matices del juego? Puede ser.

El caso es que no se había visto en Cornellá una gestión tan absurda de un gol. Un juego tan colegial. Una dilapidación del crédito tan repentina. Y el equipo lo ha pagado quedándose con el humilde punto de un empate. La felicidad, en este caso, se ha ido a las filas del Valladolid, que se llevan el tesoro que tan mal ha sabido guardar hoy el Español.

No se pude acabar la crónica del partido sin decir lo lamentable que es el hecho de que árbitros como Mejuto sigan dirigiendo encuentros. Es un tipo de arbitraje chulesco y caprichoso que irrita a unos y a otros. Unas veces pita finamente unas cosas, y al acto siguiente deja sin pitar lo mismo pero doblado. Da ley de la ventaja cuando la pelota pasa al equipo contrario y marca fueras de juego a jugadores que parten de su propio campo, es decir, olvida el reglamento. Y todo impunemente. ¿Dónde está la autoridad del arbitraje que mañana revise el vídeo del partido y le llame a capítulo y le diga: deje ya de tomar el pelo a la gente con su ineptitud?

sábado 24 de octubre de 2009

Sevilla 0, Español 0

No llovía en Sevilla, pero el equipo ha tenido que jugar bajo un intenso chaparrón de jugadores hiperactivos y la tormenta de un expulsado. Con más delanteros que defensas, el Sevilla ha estado a cinco centímetros de perder el partido, que son los que le han sobrado al lanzamiento cruzado de Callejón, a pase de Iván de la Peña, en el tramo final. Lo mejor de este punto, que como el del Villarreal sabe a triunfo, ha sido que el Español no sólo se ha atrincherado: ha visto que podía ganar y lo ha intentado. Y ha estado a punto. Partido intenso, serio, concentrado en todo momento del equipo, y catarsis final: la sonrisa liberadora en el rostro de quien empata (ni el Sevilla, ni el Real Madrid, ni muchísimo menos el Atlético de Madrid, que también han empatado esta tarde, pueden decir lo mismo).

domingo 18 de octubre de 2009

Español 2, Tenerife 1

La semana desembocaba en el partido de hoy con el oleaje de las declaraciones cruzadas entre el club y Tamudo. Caso incomprensible. Pochettino, descartándole de la alineación, ha acertado una vez más. El partido llevaba rumor de Tamudo, tanto que en el minuto 23 —tras los aplausos unánimes del 21— las gradas no sabían qué hacer, si cantar el nombre de Tamudo o silbar. O silbar, ¿a quién? ¿Al jugador? ¿A la presidencia del club? Demasiados interrogantes que han sumido el minuto 23 en un pequeño disparate, sombra del gran disparate que llegaba de la semana. En ese momento el partido iba 1 a 1 y mediada la segunda parte no se veía solución al equilibrio que habían establecido ambos equipos sobre la hierba. En ese momento Feliciano sale del banquillo y llama a uno de los tres jugadores que calientan junto al banderín de córner: ¿Será a Nacamura? ¿Será a Iván de la Peña? Los dos le dicen al tercero que no, que es a él a quien llaman. El tercero no se lo cree. El tercero se llama Fernando Marqués. Jugó como media punta una de las partes contra el Liverpool. No lo hizo mal, desde luego, pero ¿quién iba a fijarse en él aquella noche con tres goles espectaculares?


Nada más salir al campo, Fernando Marqués ha destrozado desde la banda izquierda al Tenerife. Ni con tres jugadores han conseguido pararle. Y de las seis o siete veces que ha llegado hasta la línea y ha dejado la pelota flotando delante de la portería, una ha encontrado el acierto de Iván Alonso. Y todo el trabajo del Tenerife, su buen juego esta tarde, se ha ido rodando escaleras abajo; adiós a la ilusión de salir con el puntito que, acaso, ya acariciaban. Hay que desear al Tenerife, sin embargo, que se consolide en Primera División. Hace un juego abierto, dinámico, valiente, rápido, con buenas combinaciones y ha ofrecido esta tarde un partido interesante. De no ser por Fernando Marqués, que ha destrozado sus líneas sin que supieran —ni ellos ni los espectadores— quién había salido al campo, hubieran cumplido su objetivo de no perder. Pero Pochettino, que demuestra dominar cada vez más todos los matices del juego, en lugar de elegir a Nacamura o a De la Peña —como pedía la grada y los muchos japoneses— ha llamado a Marqués. Jugador precoz, extraviado tal vez por los excesos de la precocidad, y apartado por ello de los equipos grandes que se lo hubieran rifado —debutó en el Atlético de Madrid junto a Torres—, ha llegado al Español por la puerta de atrás, pero con la serenidad de quien agradece una oportunidad, y es capaz de demuestrar su gran altura. Hoy, al acabar el partido, ya nadie se acordaba de Tamudo. El rumor llevaba otras sílabas. Es lo mejor que le puede pasar al equipo.

jueves 8 de octubre de 2009

A vueltas con la cuestión generacional en el vestuario.

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Dos hechos han revuelto el vestuario esta semana. Una conversación captada por las cámaras entre Tamudo y Pochettino, en el campo de entrenamiento, muda para los televidentes, pero no trivial si se siguen los gestos y las tensas caras de los contertulios. Este es uno. Hoy, otro: Luis García, en rueda de prensa, se encara con un periodista por una pregunta en realidad bastante inocente sobre asuntos generacionales. La sustitución generacional es un proceso continuo, y constante, en cualquier empresa colectiva, mucho más intensa será en una actividad para la que los treinta años suenan ya a jubilación. No se trata de una cuestión generacional, pero sí hay una cuestión en el vestuario y no es difícil vislumbrarla.

Un equipo de fútbol es una estructura altamente jerarquizada. Mucho más de lo que parece en el campo, cuando todos se pasan la pelota a todos (o deberían). El origen y justificación de la jerarquía es doble. Por un lado los contratos que ostenta cada jugador: su ficha —o mejor, los millones de su ficha—, su condición y la relación con el club ordenan jerárquicamente a los jugadores en el vestuario. Por otra parte, la hinchada otorga con sus reclamos un valor simbólico a ciertos jugadores, en detrimento de otros. De hecho ambas fuentes de jerarquía coinciden con facilidad. En el Español que Tamudo, Iván de la Peña y Luis García ostenten los mejores contratos y vendan más camisetas hasta parece un hecho «natural».

Esta jerarquía entre jugadores ordena todos los actos de la vida colectiva del equipo. Por ejemplo, tras el entrenamiento se permite un rondó. De manera «natural» los jugadores se ordenan en dos círculos perfectos desde el punto de vista jerárquico: en uno van los cracs, en otra los jóvenes o menos conocidos. Imagino que la vida colectiva —elegir habitación en el hotel o lugar en el comedor— seguirá el mismo orden, digamos, «natural» de relación entre ellos.

Que un jugador de la parte alta de la jerarquía se lesione, o pase una mala época, no afecta en absoluto a su papel en la pirámide de privilegios. Estos duran lo que dure su contrato. Lo que ha ocurrido en el vestuario del Español al inicio de esta temporada —aunque se viera venir ya en la anterior, la montaña rusa de los resultados lo enmascaró— es una situación insólita: la precipitada decadencia de los tres jugadores que ocupan el vértice más alto de la jerarquía en el vestuario. Por razones diferentes.

Tamudo porque ha entrado en un período de crisis personal como jugador del que sólo puede salir él mismo, pero no consigue encontrar el camino, que no está —claro— donde lo busca, en ser quien fue. Las continuas lesiones no son más que treguas en este conflicto existencial que puede acabar por devorarlo. Pochettino da muestras de haber perdido la paciencia con Tamudo y le sugiere sútilmente la salida honrosa de un cambio de club, pero el jugador no sólo no tiene ofertas, aunque la tuviera, sabe que en ninguna parte le reconocerán como el ídolo que ha sido aquí.

Iván de la Peña sufre lesiones selectivas. No puede jugar contra el Bilbao, sí contra el Real Madrid. Iván, un jugador extraordinario, sin ninguna duda, está ya en un estadio casi galáctico: elige contra qué equipos quiere jugar, y más, contra qué equipos quiere jugar bien. Un partidazo en el Camp Nou le salva la temporada como mito. Nadie se lo echa en cara. Todos parecen consentir al genio. Estoy tentado de decir que yo también: a Iván de la Peña lo mantendría aunque sólo jugara dos partidos por temporada. ¿Será Pochettino de la misma opinión que yo? Bueno, en realidad no nos jugamos lo mismo, así que el pensamiento no puede ser paralelo.

Luis García. Es el caso más extraño. Sigue jugando con entrega, pero sus resultados son de una pobreza extrema. Un ejemplo es su juego a balón parado. Aquellos excelentes lanzamientos pueblan la memoria, pero hoy, ante un tiro en buena posición, los aficionados rezamos por dentro: «que no la tire Luis García». ¿Por qué? Los jugadores pasan períodos de agilidad mental y otros de espesor. El problema de Luis García posiblemente sea que él mismo esté asustado, porque su escasa efectividad con la pelota ya no se parece en absoluto a un período malo. Y también estamos asustados quienes le hemos aplaudido tanto, y no sé Pochettino qué pensará de todo ello.

Es decir, los tres jugadores referencia del equipo, quienes ostentan la jerarquía máxima en el vestuario, se han precipitado en el descrédito futbolístico. Al tiempo que otros jugadores de rango «naturalmente» inferior —peor contrato, condiciones y aprecio del público— están ocupando sus puestos y su protagonismo de una forma que está resultando excesivamente «natural». Es decir, la jerarquía del vestuario se tambalea. No es una revolución. No me ha dado la impresión de que ningún jugador quiera colocarse en lo más alto tras derrocar el tamudismo. No, nada de eso se advierte. Es la precariedad competitiva de los grandes la que ha permitido que los menos favorecidos en los rondós se sitúen en primer plano ante los aficionados. Y ante el entrenador. Es la decadencia de los cracs la que deja vacía la cúpula dirigente del equipo.

Esta semana, la charla de Tamudo y las declaraciones de Iván y Luis parecen signos que indican que los tres han despertado de su marasmo y quieren recuperar lo que es suyo: las altas instancias del vestuario. Bien, nadie se las niega... salvo tal vez Pochettino. Que es, por cierto, el máximo responsable de que el equipo gane.

domingo 4 de octubre de 2009

Villarreal 0, Español 0

La teoría del empate contempla su escaso atractivo, que aboca a una ambivalencia de sentimientos. Hoy el Villarreal, con once jugadores y setenta y cinco minutos por delante para ganar en su casa, se irá con sabor a derrota; el Español, que se enfrentaba a un equipo lleno de ecos de selección nacional, con diez desde el minuto 15, ensalza el punto como una victoria sobre las circunstancias.

Tal vez el empate con el Xerez el domingo pasado haya dado hoy su fruto: el Español ha seguido ese ejemplo de cómo se puede aguantar al otro lado de las cuerdas un equipo que ataca y un campo que grita.

El partido ha servido para asistir a una nueva lección de Pochettino, clara y hermética al mismo tiempo. La clara: la sustitución en el minuto 20 de Nakamura significa una apuesta total por el equipo de los obreros frente al equipo de los ingenieros del balón. Y la hermética: el debut de dos jugadores jovencísimos, Baena y Javi López, en mitad de un partido tan difícil, en circunstancias tan adversas y con tanta responsabilidad en cada jugada del desesperado ataque del Villarreal. Y el punto está ahí para rubricar sus decisiones visionarias.

domingo 27 de septiembre de 2009

Español 0, Xerez 0


El Xerez, que llegaba a Cornellà si haberse estrenado en la primera división, ha saltado al campo vestido de naranja. Al más ingenuo hasta le parecería que se sumaba a la fiesta de una grada que venía de cantar dos victorias ante equipos notables. Pero el naranja tiene otras metáforas. Y el Xerez no ha dudado en sumarse al festejo, encarnando su color... de garbanzo. Garbando en la bota de la delantera del Español. Y sólo el larguero ha impedido, en el tramo final del partido, que pasara de garbanzo a cristal en la bota. Lavorare stanca (trabajar cansa) escribió Cesare Pavese al frente de uno de sus libros y también serviría para cerrar la semana de los tres partidos. Al último el Español ha llegado con dificultades para la intensidad. Aunque este empate no debe empañar los dos partidos, prodigiosos, anteriores.

Al garbanzo y a Paveses se le suma un viejo complejo del Español. Tal como lo denominó Woddy Allen en una memorable película, se trata del complejo de Zelig. De camaleón. Porque jugando con equipos malos, el Español tradicionalmente juega mal; y jugando con equipos buenos, juega bien. Demasiados obstáculos como para sobreponerse a los jugadores pegajosos del Xerez y al agotamiento de los partidos precedentes.

Cornellà, campo emocionado con los hechos históricos que se le acumulan cada semana, quería hoy gentilmente brindar otro: el primer punto del Xerez.

Otra historia es la del árbitro, recién llegado a primera, que no ha querido estrenarse pitando, acaso, el primer penalti ocurrido en sus narices. Porque no puede aducir la excusa de que no ha llegado a ese tema en el estudio arbitral: la misma falta que ha ocurrido en el área del Xerez, cinco minutos más tarde se ha repetido en el campo del Español y no sólo la ha pitado, sino que también ha sacado tarjeta. ¿Será que reaccionaba con retraso a lo que ha visto antes y no ha querido comprender? ¿Quién entiende a los árbitros? O mejor: ¿quién los elije? ¿Por qué son todos tan malos?

En cuanto al juego del equipo, lo han hecho bien sin entusiasmar. Han encontrado un campo agreste en torno a la portería adversaria y un área llena de minas. Era difícil entrar por las bandas con efectividad, y más todavía por el centro. Si a eso se suma la imprecisión en los pases por el agobio del garbanzo en la bota, la ausencia del gol se comprende. Aunque se lamente: veintiocho mil gargantas había calentado la voz para cantarlo, y se han tenido que ir a casa sin atisbar siquiera la afonía.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Español 2, Málaga 1


Querido J.: el de hoy ha sido un partido extraordinario. Vibrante, generoso, entregado... Un partido que parecía de la liga inglesa. Siento el resultado —por ti—, porque el Málaga ha hecho una primera parte estupenda, ha noqueado al Español, ha sacado del campo a Verdú y ha enladrillado las bandas. El juego ha estado en el campo del Español sin remedio. El gol ha sido un churro, pero podía haber llagado antes o después más bonito, porque ocasiones ha habido. Recuerdo un remate junto al poste desde la línea del área grande que ha dejado a un estadio tan gritón congelado. En la segunda parte el Español se ha repuesto y ha marcado dos goles. Lo malo del Málaga, que ha seguido jugando bien, es que en ese momento tenía que haber metido una marcha más, un cambio de ritmo... pero el equipo no la tiene. Este creo que es el problema del Málaga: y me temo que es lo que os pasó el domingo pasado en la Rosaleda: empezar ganando y acabar perdiendo. El entrenador plantea un juego muy agresivo, que desborda y que anula al contrario, pero si el contrario consigue rehacerse (y un partido dura 90 minutos: muchos para ser efectivo siempre en el control del juego) carece de plan B, no tiene cambio de marcha, no consigue nuevos recursos (ha hecho los tres cambios, por ejemplo, y han sido totalmente inútiles; el Español, sin embargo, con los cambios ha conseguido acelerar el juego del equipo, cambiar su ritmo, hacerlo más preciso, más eficaz). Este es un problema del entrenador, no de los jugadores. Y produce una desazón que en el Español la conocemos de sobras: jugar bien y perder. Nos ha pasado tantas veces. Lo malo de esta dinámica es que los jugadores se cansan de jugar bien y perder, y pasan a jugar mal. Cuando esto ocurre, el equipo se hunde. Fue lo que nos pasó el año pasado. O se le da la vuelta desde dentro del juego, haciéndolo más efectivo, o... llega el sufrimiento.

El partido de esta noche ha sido también una lección de gran entrenador de Pochettino. El equipo se ha retirado en la media parte dañado: sin haber encontrado su juego y un gol en contra. Además con pinta de que los jugadores estaban cansados. Más que cansados: mentalmente agotados. El Málaga apretaba y el Español se dejaba apretar sin que se le ocurriera cómo salir del cerco. El equipo que ha salido en la segunda parte, sin embargo, parecía otro: no ya combinaba con más sentido, estaba despejado, su juego resultaba certero. ¿Qué ha habido entre la lánguida primera parte y la soberbia segunda? Un rato en el vestuario con el entrenador. La labor de un entrenador que consigue arreglar el equipo en la media parte y devolverlo al campo con otra mentalidad es, sencillamente, admirable. Una lección de fútbol, como la que Cornellà ha tenido el privilegio de contemplar esta noche.

domingo 13 de septiembre de 2009

Español 0, Real Madrid 3


Anoche fui al campo de Cornellà como solía ir a Monjuïc, cargado de jerseys y chaquetas. Qué frío hacía, aún en época de buen tiempo. En Cornellà no sólo la visibilidad de todo el campo es estupenda, sino que además ¡no se pasa frío! No tiene las corrientes que campaban por los agujeros de allá arriba. Aquí se está bien sentadito, sin aire, con la estufa de cuarenta mil personas sufriendo. Así que tuve que cargar con la mochila inútil toda la tarde. Bueno, para volver me puse un chalequillo porque en la calle refrescaba.

En el campo. La verdad es que es resultado fue exagerado para lo que se vio. El Madrid de este año no se anda con metafísicas: demasiados millones. No es invulnerable, pero para hacerle daño hay que estar más afinado, cerrar mejor las jugadas y, sobre todo, tener un pelín más de puntería. Eso lo da la liga, y el Español parece que esté aún en pretemporada: juega mejor la primera parte que la segunda. Y sobre todo no está para gestas heroicas, como la que quiso hacer en la segunda mitad y desazonó al equipo. Si uno se olvida del resultado y de los 0 puntos (el año pasado, me digo, en la segunda jornada íbamos líderes de la liga, con 6 puntos... y bueno), el equipo me gustó. La defensa empieza a solidificarse. David García estuvo sublime en algunos momentos. Qué jugador más impresionante. Y lo mejor es que hace las cosas con tanta naturalidad que parece que no haga nada. Y los millones que mantuvo inoperantes anoche gran parte del partido es algo que sólo hacen los cracs. Me gusta también que el entrenador apueste por Chica. Le falta algo de finura, pero es un jugador que me encantaría que se consolidara. Es todo corazón. Forlín creo que se ajusta bien a lo que se necesita en ese puesto. Los tres goles son anecdóticos al lado del montón de jugadas infernales que desbarataron al Madrid. Porque la delantera del Madrid este año es una pesadilla. Y ya empiezan a conjuntarse... que era la única esperanza que uno podía tener, que estuvieran aún en pañales. Pero no.

A las líneas de arriba les falta un poco de rodaje, creo, para desmontar los muros rivales. Trazaron jugadas preciosas, que sólo les faltó un palmo para hacernos saltar a los cuarenta mil. Todo eso llegará, estoy seguro, en cuanto se vaya jugando con regularidad, aquí y allá. Anoche lo único que no acabó de gustarme fue, y lo digo con gran tristeza, dos de los jugadores que más admiro: De la Peña y Tamudo.

De la Peña salió con un exceso de motivación, como un motor revolucionado. Eso podía haber funcionado, pero creo que decentró al equipo —sin una buena pretemporada— más que le ayudó. Fue una pena que saliera a una velocidad diferente a la que andaban los demás jugadores. Me dio la impresión de que no le entendían, como si su fútbol hablara una lengua extranjera.
Ah, Tamudo. Deambula más que juega. Se lamenta más que gestiona. La décima de segunda esa que tenía como delantero la ha perdido, y eso le convierte en previsible. Siempre está a un paso de la pelota. Pero estar a un paso de la pelota significa que la pelota no entra nunca en la portería rival. Y cuando falla se lamenta con gran intensidad, y creo que ese lamentarse lo empeora: desdobla al delantero entre quien fue y querría seguir siendo y quien es. No sé si me explico. Un delantero falla y ya está, no pasa nada: levanta el dedo para agradecer el pase, y a otra. La siguiente ya la enchufará. Pero cuando uno comprueba que la cara de Tamudo está viendo la jugada cómo habría sido si hubiera llegado antes se empieza a sospechar que dentro del delantero ya hay dos personalidades: su realidad y su idealidad. Y cuando se rompe esa unidad del ser, ya es muy difícil volver a recuperar la efectividad. En la vida cotidiana ocurre con frecuencia: quien aspira a algo que puede conseguir, lo consigue; quien se desdobla y aspira a lo imposible ("que me toque la lotería"), deambula por la vida. No sé si Tamudo, grandísimo jugador, conseguirá darle la vuelta a esta situación. Él es un jugador veterano, ya no tiene la chispa que tuvo, y cuando quiere poner en práctica su malicia, los defensas le calan a la legua. Tendría que explotar otras facetas de su juego, que las tiene, aquellas donde la experiencia es la que tumba a la defensa. No obsesionarse —o al menos no dar la apareiencia de que se obsesiona— por ser quien fue, porque ya no llega a donde llegaba.

De todas formas, me gustó mucho el Español que vi anoche. Faltan cosas por conseguir, pero tenemos al mejor entrenador de la liga, así que no hemos de preocuparnos. Se conseguirán.

Con medio Kaká el Español sería un equipo invencible.Y también faltó Nené: ese punto de irracionalidad brasileña que tenía le es muy necesario al equipo. Si no se vuelve excesivamente lineal y acaba siendo previsible (que fue el problema de las tácticas de Tintín Márquez): en la esencia del mejor Español ha de estar siempre lo imprevisible.

domingo 31 de mayo de 2009

Español 3, Málaga 0

El Málaga no se jugaba nada; el Español la fiesta. Por fin todo ha salido sin torcerse un ápice. Hasta tres goles de Tamudo. Y algunos ensayos estratégicos que sonaban muy bien, de esos que uno no puede permitirse el lujo de experimentar cuando anda por ahí abajo. El día traía un aire paradójico de celebración: de permanencia y de despedida —al mismo tiempo—. Montjuïc no es un buen estadio: pero se ha hecho querer en esta década de vida realquilada. Lo mejor: el clima de novedad: nuevo estadio, nuevos jugadores y ¿otras novedades?

domingo 24 de mayo de 2009

Almería 0, Español 3

Los tres goles marcados frente al Almería presentan un trazado muy parecido: varios atacantes que se plantan ante los defensores, la pelota que pasa con precisión de uno a otro por el área, entre postes, y la resolución tranquila de la jugada. De hecho, no parecen goles infringidos en el fragor de un combate, sino un ejercicio de entrenamiento. El Español, que había olvidado cómo se marcaba un gol durante buena parte de la liga, ahora los suma con facilidad y gracia. ¿Qué ha ocurrido? La clave posiblemente esté no en lo que es, sino en lo que parece: el entrenamiento. Con Pochettino ha llegado la sensatez, el trabajo y el empeño al equipo. Basta con verles jugar para confirmarlo: no improvisan, interpretan una partitura ya memorizada. El Almería quería despedirse ganando. Tenía voluntad, pero carecía de armonía. La música del Español, tocada en sordina, como durante un ensayo, lo llevó a la desesperación. El Español no jugaba al fútbol, interpretaba una coreografía. Estas cosas ya las habíamos visto, a rachas, en algunos partidos de este tramo final de la liga, pero ¿quién se atrevía a soñarlas siquiera al borde mismo del abismo? Ahora, salvados, hay que decirlo. Pochettino no ha sido un entrenador, sino un dramaturgo. ¿Será tan sensata como él ahora la dividida dirección del club para poner en sus manos un proyecto fuerte, unificado, sólido... que no se agote en media liga?

domingo 17 de mayo de 2009

Español 1, Athletic de Bilbao 0

Es posible que alguien se preguntara, el miércoles pasado, qué había estado preparando con tanto tiempo e ímpetu el Athletic para su final de Copa. Ni se convirtieron en el vendaval que arrasó al Sevilla en semifinales, ni supieron entorpecer el juego del campeón. Sin embargo, algo harían en la concentración de Valencia, y sin duda alguna lección impartiría Caparrós, porque el Athletic en Monjuïc ha llegado dispuesto a poner en práctica lo aprendido... aunque con cuatro días de retraso. El equipo adiestrado en cuantas estrategias posibles existan para romper el ritmo de juego y el discurrir del partido, única manera al parecer de plantarle cara al Barça, es el que ha intentado por este medio lavar la honra mancillada del segundo. Delante, el Español también mostraba el efecto de alguna herida; daba la impresión de que la derrota en el Calderón había aguado la intensidad que venía luciendo. Como preguntándose quién de los dos estaba más herido por el pasado reciente, ha transcurrido la primera parte. Unos a impedir que se jugara; otros a tratar de recordar cómo jugaban antes, sin conseguirlo. Si el Athletic hubiera entrenado, en su concentración, alguna idea ofensiva, se hubiera llevado el partido sin problemas. Pero su escritura futbolística sólo traía puntos y aparte; ninguna coma.
En la segunda parte era difícil cambiar ya la trama. El Español se buscaba sin encontrase, y el Athletic a esperar la tómbola de un balón perdido por el área. Es decir, como quien espera hacerse rico echando a la primitiva. No ha desplegado más filosofía el Bilbao. Y hasta en algún momento le ha gustado al Español contar con este argumento para justificar su desbaratada oportunidad de encontrarse a sí mismo. Parecía que no hubiera más remedio que un 0-0. El Bilbao no acertaba con los números del sorteo, ni siquiera cuando sacó a Toquero a modo de talismán, y el Español a veces no sabía dónde estaba la portería rival: como la magnífica cabalgada de Moisés durante medio campo... en dirección a Kameni. De hecho, el «pásasela a Kameni, que está solo» fue la vocación primordial del equipo. También cabía contar con un error de uno de los dos equipos, aunque ambos cometían tantos que resultaba difícil pensar que ni siquiera un error pudiera resultar significativo. Pero lo fue. La lección rasuradora del fútbol de Caparrós se revolvió y acabó mordiéndose a sí misma. Coro dio dos pasos un poco más rápidos de los que había dado Nené en el mismo punto —y le habían hecho hasta cuatro o cinco faltas— y el defensor ni se dio cuenta de que la práctica ya no ocurría fuera, sino dentro del área. Luis abrazó la pelota en cuando el árbitro pitó el penalti. Nené ya no estaba. ¿Sería capaz de marcarlo o de nuevo trataría de arrancar de cuajo la portería de Monjuïc estrellándola contra el larguero? No habría otra oportunidad en un partido con tan poca luz, eso era seguro. Los puntos se decidían en ese abrazo. Pero el Español ya no es el equipo ramplón y feúcho de la mayor parte de la liga que lo fallaba todo. Ahora transforma los penaltis sin un ápice de duda. En ese momento había acabado el partido, o casi. El Bilbao quiso ponerse a lo de lavar la honra, y su presión hubiera ido mejor encaminada si alguien les hubiese explicado algo más de táctica constructiva en el área rival. Sin la que cual nunca se podrá ganar una Copa.

El partido da también motivos para otras meditaciones. Uno se pregunta cuánto ha durado el encuentro de esta tarde; qué le ha quedado para el disfrute entre el tiempo aburrido de las faltas y los despropósitos, y los minutos que el equipo y los aficionados han empezado a achicar a cubos nada más marcar el penalti, como empujando al reloj para que cumpliese con su objetivo de detenerse en el minuto 45 cuanto antes —que por debajo Betis y Sporting iban ganando—. En suma: muy poco. Un partido, en el fondo, como si no se hubiera jugado. Y al salir un único pensamiento: el próximo será el último partido en Montjuïc. Un estadio horroroso del que ya nos habíamos encariñado sin saberlo.

domingo 10 de mayo de 2009

Atlético de Madrid 3, Español 2

El Atlético de Madrid acaba de marcar su tercer gol: los gritos del locutor, el clamor y los cánticos del campo que se cuelan en los micrófonos. Uno tiene la sensación de que un tren le ha pasado muy cerca y aún no sabe si ha quedado ileso. Pero cuando el equipo se palpe las piernas, los brazos, el ojo de Chica, y vea que todo está en su lugar, comprobará que no ha pasado nada. Que todo continúa igual. Que lo del Atlético ha sido sólo una pesadilla... de la que se despierta. El pozo sigue a cuatro puntos, pero ya quedan menos domingos para caer en él. Qué partido: el Atlético siempre es capaz de lo peor y acto seguido de lo mejor, o viceversa. Lo malo no es la montaña rusa, sino el orden en el que se suceden los períodos. En la segunda parte no ha habido tiempo para respirar. Un tren por encima (y demasiados fueras de juego que... ¿eran todos?).

domingo 3 de mayo de 2009

Español 3, Valencia 0

El ascenso hacia Montjuïc irradia luz. El cielo de la tarde anuncia con su brisa lánguida de domingo las proximidades del verano. Mucha gente acude al estadio por todos los caminos. Los que llevan a esta tarde parecen dulces. Se repiten como cuentas del rosario de la liga: cinco partidos, doce puntos. Si el Barça fue a Madrid diciéndose obsesivamente: «estoy tranquilo, de aquí salgo líder», nosotros —tras hacer algunas sumas y restas— nos repetimos: «lo peor no nos devolverá a la cueva de donde hemos salido». Lo mejor está en la tarde: su generoso calor tras este invierno riguroso de domingos gélidos. Hasta el leve bochorno que se engancha a la piel se agradece. Lo mejor no está en el rival de esta tarde, que viene de arañarle dos puntos al líder. Los clásicos inventaron un buen recurso para estos momentos: el carpe diem. ¿Quién va a pensar en el Valencia cuando la tarde se ofrece con tanta gratitud?

El Valencia posiblemente empezó a perder el partido de hoy anoche, cuando el Sevilla le ganó al Villarreal y le quitó las prisas. El Español empezó a ganarlo tal vez cuando perdió con el Osasuna en el último minuto, los equipos de abajo ganaron sus partidos, se hundió en la clasificiación y no se desmoronó. Ya había pasado todo lo peor que le podía ocurrir. Desde entonces el Español, dirigido con una armonía desconocida hasta ahora por Pochettino, sabe que ha de jugar todo el equipo al fútbol pase lo que pase. Todo el equipo solidarizándose en la defensa, todo el equipo sosteniendo el ataque. Marque o no marque. Pierda o no pierda. El trabajo de campo ya nada tiene que ver con sentimientos, ni lecturas de partido, ni especulaciones. Es el trabajo puro. Por sí mismo. Aunque la pelota salga 18 veces por los aires, sobre la portería contraria. Hay que volver a empezar. Porque una vez entra. Y a veces dos. E incluso tres.

El Valencia interpretó en el partido el papel opuesto al Español. No salió a trabajar: no estaba frente al Barça, sino ante un colista. Salió a leer al Español: ya se cansarán. Ya fallarán. Ya nos pondremos las botas cuando convenga. Cada jugador responsable de su huerto: sus pequeños bancales de pases, sus canales de riego, y la pelota pronto a otro terrenito para evitar responsabilidades. Que uno está solo en su campillo, peor para él. Silva trataba de coser un campo tan deshilvanado corriendo de costado a costado. Y a veces conseguía él solito dar imagen de un equipo en funcionamiento. Qué gran jugador. Dicen que el Valencia tiene también un delantero prodigioso. Un tipo que andaba de paseo por el campo —casi un turista— llevaba su camiseta. Poco más se puede decir del Valencia.

Cuando se vio perdiendo quiso despertarse, quiso leer el partido, pero se dio cuenta de que no conseguía despertarse, de que se le nublaba la vista cada vez que la pelota pasaba de un negociado de sus líneas a otro. Con el 0 a 0 del descanso el dilema era de los esenciales en el fútbol: si ganan ellos habrá vencido el posibilismo, la especulación mobiliaria y la burocracia futbolística —un buen orden no garantiza el juego de equipo— sobre el fútbol compartido. Pero cuando el Valencia, con el fabuloso gol de Román en su contra, se dijo «ahora me toca a mí» la pelota había desaparecido, el campo del rival tampoco estaba y Kameni quedaba excesivamente lejos de cualquier jugada. Les faltaba aire. Fútbol. El afilado cuchillo de su delantera recorría la frontal sin asustar a nadie. «¿Por qué no se asustan?» acaso se estaban preguntando los jugadores del Valencia cuando Pareja descubrió un buen motivo para dejarnos leer el poema de amor que guardaba oculto en su pecho.

¿Y el sufrimiento? —nos preguntábamos en las gradas. ¿No habíamos venido a sufrir? El Valencia ahogado en su propia tacañería, el Español acostumbrándose a vivir en el medio campo del rival y dos goles de ventaja. ¿Que añade cinco minutos? Será para redondearlo en 3. Y hasta el árbitro se sumó a la guirnalda, y se avino a ver lo que de normal hace como que no ve.

Lo mejor de este 3-0 es, además de los tres puntitos tan refrescantes, la victoria del fútbol. El fútbol puro. Empecinado. Trascendente. El creer no sólo en ganar, sino en sufrir y combatir en equipo. En que cada bote del balón le corresponde gestionarlo a once jugadores, no al que le toca.

domingo 19 de abril de 2009

Español 1, Racing 0

En el estadio, el marcador electrónico está averiado. Ese armazón enorme —que se mira para cerciorarse de lo que uno ya sabe de sobras— es un simple cuadrado gigantesco y enigmático dividido en celdas vacías. El aficionado lo mira todo a su alrededor, mientras los jugadores se saludan y fotografían, temiendo que cualquier detalle se convierta en un signo imposible de soportar. A ninguna de las veinticuatro mil personas allí convocadas se le ocurre pensar que dentro de dos horas sabrá el resultado. Nadie ha subido al estadio para obtener noticias de primera mano, sino para sufrir.

La filosofía unamuniana descubrió el pensamiento agónico y el Español en pleno —todos: jugadores, técnicos, periodistas, afición— se ha puesto a leer, día y noche, Del sentimiento trágico de la vida. De nada sirve que el equipo derroche fútbol, llegue constantemente al área rival, defienda amurallado y agriete murallas. Es como si todos supiéramos que nada de eso se hace para marcar un gol, sino para sufrir aún más.

Tampoco es que los árbitros se equivoquen —de hecho, no equivocan sus temores de seres solitarios, endebles y torpes— o no vean lo que ocurre cuando un defensa derriba marcialmente a un delantero a punto de rematar una pelota con la cabeza en la línea del área pequeña. Lo ven. No pueden no verlo. Equivocarse sería estar mirando hacia otro lado. Lo ven pero callan —qué poco solidarios entonces somos con sus temores, su soledad y su torpeza— no por malas intenciones, sino sólo para que sigamos sufriendo y no llegue la alegría tan pronto.

Hasta la alegría —un único salto con los brazos en alto— provoca un incremento del sufrimiento. Un sufrimiento aún mayor, más hondo, más asustado, porque ahora sí tenemos algo que nos haría mucho daño que nos quitaran: tres puntos.

Incluso el árbitro se olvidaba de pitar el final para aumentar nuestra tortura de sufrientes.

Y acabado el partido nadie abandona los asientos. No queremos saber un resultado, sino respirar. Cuando por fin se puede respirar, ya se nos atraganta el aire en los pulmones: una victoria que sirve para seguir sufriendo, pero con argumentos.

(P.D. De la misma manera que Guardiola ha desterrado de su equipo el aire mercenario que tenía en las últimas temporadas, y ha devuelto el orgullo a los seguidores de la parte de abajo de la Diagonal; Mauricio Pochettino en tan poco tiempo ha realizado un milagro aún más importante: ha conseguido que crea en sí mismo el equipo magullado y deprimido del inicio de la liga, que corría —sin propósito— por todas partes menos por donde estaba la pelota. Y ha devuelto a los aficionados un orgullo aún mayor: el de sentir la emoción del fútbol al margen de los resultados. La lucha contra la adversidad sin desfallecer es uno de los mitos fundacionales del corazón de los mortales.)

domingo 12 de abril de 2009

Numancia 0, Español 0

El paso del Español por la liga este año se parece a la vida de tantos seres anónimos. Trabajan lo mejor que saben, se esfuerzan por hacerse valorar y querer, están a punto de ser recompensados, les falta una pizca siempre para que alguien reconozca su esfuerzo con un ascenso, no sé, con un aumento de sueldo, con un elogio acaso que mejore el sentimiento de ser el último de la clase. Siempre están a punto de alcanzar lo que, de hecho, tampoco es tan difícil: está ahí, a mano de (casi) cualquiera. Estiran el brazo, los dedos, están a punto de tocar el bien preciado, el reconocimiento; es suyo, no puede acabar su empeño de otra manera. Y sin embargo, concluye la jornada, el curso, la temporada, el partido, y lo que aprietan en las manos es humo, arena. Nada. Como tantos seres anónimos, el Español siempre está a punto de salvarse; pero, en el momento del reparto, el dueño de la clasificación pasa delante de él y ni siquiera le mira a la cara cuando le lanza a los pies un punto inútil que no le sirve para ningún sueño.

Eso sí, los lectores de sus partidos hemos descubierto una virtud prodigiosa de nuestro equipo: convierte en héroes a los porteros rivales.

domingo 22 de marzo de 2009

Osasuna 1, Español 0

Los argumentos que mayor desazón producen son aquellos donde el protagonista no se enfrenta a un adversario, sino ante los designios del destino. Y el destino, para los humanos, es un asunto que habla siempre de la mortalidad. En los argumentos donde se dirime la existencia el protagonista, cuyos esfuerzos por salvar el alma elevan el espíritu y consiguen la complicidad ciega del observador, está siempre a punto de lograr una victoria frente al destino que, por otra parte, jamás conseguirá. El Español se ha convertido esta temporada en un héroe existencialista. Lo hace casi todo bien, su fe en la salvación es modélica, sus acciones son virtuosas, a veces da la impresión de que humanamente nada más es posible hacer. No encara adversarios de su nivel, simples equipos de fútbol como él; delante, domingo tras domingo, se yergue la sombra de su destino, que acaba segando la cabeza desesperada que tan bien había jugado o tanto esfuerzo había derrochado. No juega al fútbol el Español, se juega la existencia en un duelo desigual: él contra él mismo. En los argumentos donde el protagonista se enfrenta a su destino la intriga prende precisamente en el camino de salvación emprendido, que puede sanar el espíritu de quien lo sigue ciegamente, aunque se sepa, de antemano, que jamás ningún humano ha logrado victoria alguna en este terreno de juego.

domingo 15 de marzo de 2009

Español 3, Mallorca 3

Pongamos que en lugar de ir a un campo de fútbol, el aficionado ha entrado en un cine. El protagonista de la película —no se sabe muy bien aún por qué razón— se ha puesto a caminar sobre la balaustrada de una azotea. Al otro lado está la calle: veinte pisos más abajo. A este, las baldosas de la terraza, tan cerca y a la vez como inalcanzables. Ha empezado a caminar deprisa, acaso pensando que al final de los equilibrios podrá saltar hacia el lugar seguro. Como equipo, se planta en el campo y se acerca a la portería con la intención de estar más cerca de la azotea que de la intemperie de la calle. Un pequeño tropiezo: Tamudo lanza al palo. Un segundo tropiezo: Tamudo lanza a las nubes. No pasa nada. El protagonista sigue avanzando. Da un paso un poco más largo y resbala: Tamudo marca un gol legal, pero el árbitro no está para legalidades y se lo niega. No importa. Sigue caminando sobre la balaustrada. A un lado, la azotea; al otro, el abismo. El personaje da un salto por ir más deprisa y el tobillo se le tuerce y cae del costado peor. El Mallorca lanza una pelota en parábola que va como la mosca a la tela de araña. Se ha quedado agarrado a la valla por las manos. Con las piernas patalea y empieza a alzar el cuerpo hasta la estrecha baranda: Callejón empata. Y cuando está a punto de alzarse, se desprende un pedazo de cornisa y vuelve a quedarse en el vacío: Moisés se va a la calle porque al árbitro anular un gol legal le parece escasa hazaña. Patalea, pero el viejo cemento ya no sujeta los ladrillos y estos se van desprendiendo uno (1-2) tras otro (1-3). El personaje se ve colgado de una sola mano hacia el abismo mientras la araña que ha atraído tantas moscas camina en dirección a sus dedos con intención de aguijonearlos y mandar al equipo directamente al fondo del acantilado. Está a punto de despeñarse, pero no sabe cómo una mano consigue agarrarse a la otra: De la Peña, una vez más como delantero centro, resuelve con la misma maestría; y las rodillas encuentran un ápice de cornisa que resiste a su estrechez —como de libre indirecto dentro del área pequeña— a la que se aferra para no caer desplomado: Nené empata el partido. Y en ese momento, la proyección se interrumpe, las luces se encienden, se anuncia el Servicio de Bar y aparece el rótulo más temido: Continuará.
¿Seguiremos cayendo por el abismo por donde nos estamos despeñando o nos salvará la azotea de un gol de Coro en el último minuto? 12 partidos: larguísima agonía.

sábado 7 de marzo de 2009

Villarreal 1, Español 0

Cuando salió la pelota disparada de la bota de Luis García, con ese cañonazo inmesericorde cuya sombra tumbó al portero que lo había parado todo, hasta lo imaparable —oh el amurallado— toda la rabia nuestra iba empujando esa pelota, todos los partidos en los que merecíamos haber marcado y no lo hicimos, todos las jugarretas de los árbitros, todos los fallos que nos llevamos a casa con un gol en la espalda, todas esa rabia formó un huracán de proporciones desconocidas para el fútbol, y no entró, pero estuvo a punto de tumbar la portería. Y ahí nos quedamos todos, con Luis García en mitad de área, desconcertados, incrédulos, mirando el palo que nos había negado lo que era nuestro, como un padre que le retira al hijo el plato de la comida antes de que la pruebe. Así nos sentimos anoche. Sin saber qué nos estaba pasando: cuándo acabaría de arrollarnos el tren de mercancías que nos viene atropellando toda esta liga.

domingo 1 de marzo de 2009

Español 0, Real Madrid 2

Cuando vi que Guti se preparaba para salir pensé ay. Y ay fue.
El Madrid es un equipo curioso: está lleno de jugadores cada vez más raros y de nombres impronunciables (uno tiene que ir mirando la alineación constantemente por saber quién es quién... ¡en el Madrid!), pero luego meten los goles Guti y Raúl, como hace 10 años.
Me gustó el partido del Español. Si juega así el resto de la liga no se ha de temer nada: Casillas tiene una mano prodigiosa para salvar lo que ya estaba dentro, pero no todos los porteros son Casillas. La liga empieza a decidirse con el Mallorca, dentro de 15 días.
El partido de anoche da para reflexionar sobre los efectos de la toma de decisiones, sobre la complejidad y al mismo tiempo simplicidad del fútbol. En un partido hay cientos de jugadas, de pases, de movimientos, de aciertos, de fallos... pero para la historia —para el resultado— de todo el partido a veces sólo cuenta una única decisión. Y el acierto o el error en ella desencadena el destino. Ocurre como en las obras teatrales de Chejov: en el primer acto el protagonista pone el clavo donde en el último se ahorcará. En el partido del Sevilla, en la media parte, Pochettino tenía que hacer un cambio de centrocampistas para sacar a Iván. Tenía dos posibilidades: Lola, que estaba jugando muy bien, pero tenía una tarjeta; y Román, que andaba algo desacertado. Tomó la decisión que también yo hubiera tomado: dejó a Lola sobre la hierba. Este hecho, que podía no haber tenido ningún efecto, acabó siendo el decisivo del partido: la expulsión del Lola cambió el argumento y condujo al 0-2. Anoche, en la alineación de salida sólo había una plaza que decidir. El resto estaba ocupada por sus titulares. ¿Lola o Román? No sé muy bien la razón que le llevó a Pochettino a sacar a Román. La verdad es que me gustó anoche. Es un jugador muy difícil de entender: es capaz de hacer cosas sorprendentes para remediar pequeños desastres: por ejemplo, es capaz de recuperar con rapidez y sentido de la jugada una pelota que acaba de perder tontamente. Pero en la grada no gusta demasiado. Es lento. Es inverosimilmente lento. Desespera los segundos que pierde en reconducir el balón. Anoche lo hizo bien, estuvo atento, se adelantó montones de veces, estuvo a punto de tener protagonismo ofensivo (pero no se atreve, nadie se atreve a tenerlo —tal vez un poco Lola al final, en la última jugada: un pequeño asomo de esperanza—), pero (ayudado siempre por el árbitro) hizo la absurda falta que les dio el partido al Madrid. Desde que la pitó, se vio el gol. Y lo fue. Antes el Madrid no había hecho absolutamente nada. Es curioso cómo una decisión, entre miles de cosas que hay que decidir, puede tener tanta trascendencia. Si Román hubiera marcado un gol, escribiría lo mismo pero en sentido opuesto: el acierto del entrenador en su alineación. De todas formas creo que Pochettino se está dando cuenta de estas cosas tan alambicadas de la función de entrenador, y va ajustando bien sus decisiones al argumento del partido. Ha de aprender: no deja de ser un novato.
No se ganó al Madrid, pero el Español jugó bien. Es muy difícil tumbar a dos gigantes seguidos: el rodillo de millones de euros pasó por encima del ajustado presupuesto local (que tiene un agujero negro por donde el dinero se va: quizá el mejor campo de fútbol de segunda división —era lo que todos pensábamos al salir de Montjuïc, una noche más, cabizbajos—).